Síndrome del “Mejor Decido Mañana” (porque mañana siempre será mejor)

Habían en esta historia dos hombres:

Uno después de dos años de novio con alguien, decide casarse porque la ama, la conoce, se han integrado muy bien, ella tiene todo lo que él busca, se le ve un gran futuro a la decisión y total. Se casa. Pasados unos meses, la ahora esposa se termina enrolando con alguien de la oficina, el marido la descubre, no puede perdonar la traición y se divorcia al poco rato.

Segundo hombre. Quien durante unas cortas vacaciones en la playa, conoce a una chica, se enamoran rápidamente, empiezan un emocionante y divertido noviazgo de verano y al cabo de un mes, se casan. Pasan los años y se convierten en una pareja llena de amor y vida y festejan su 50 aniversario de bodas rodeados de sus hijos y nietos.

¿Quién de los dos tomó la mejor decisión?

El meollo del asunto, es que las decisiones no se valoran por las consecuencias. Eso son. Consecuencias de nuestras elecciones. Pero para tomar una decisión, lo que vaya a pasar después, sea positivo o negativo, no es lo más relevante.

La conclusión de la historia es que aún cuando al pobre hombre lo engañaron, él fue el que tomó la mejor decisión, ya que todo indicaba que estaba en el camino correcto, tomó su tiempo, checó que todo fuera como lo quería. Que al final no resultó lo que se esperaba, pues pobre, pero finalmente su decisión había sido correcta. No fue mala sólo porque tuvo una esposa infiel. Eso fue decisión de ella. Pero lo que él había estado bien.

(Aclaro que esta historia, y todo un análisis de toma de decisiones en ambientes financieros, era parte de un curso de universidad en una reconocida escuela mexicana. Yo no inventé la historia ni la moraleja de ella)

En cambio el chico de la segunda historia, aún cuando le fue increíble en la vida y demás, en realidad no había tomado una buena decisión, porque casarse después de un mes de conocerse y estando en el pleno enamoramiento en la playa no es precisamente lo mejor que puede hacer uno en la vida.

Hay que tomar decisiones. Y lo que venga ya no depende tanto de nosotros. Hay otras circunstancias que influyen, pero como me diría una prima a los 18 años cuando yo trataba de elegir una licenciatura: “Decide. Lo que sea. Pero decide. Que no hay nada peor que quedarse paralizado sin elegir nada”.

He de confesar que soy muy mala para las elecciones rápidas e impulsivas. Siempre quiero tomar una segunda opinión, preguntarle a alguien qué piensa, revisar tooooodas mis opciones, que no se me escape nada. No vaya a ser que hoy me compre este vestido y que mañana me encuentre uno mejor en la tienda de junto (o peor aún) más barato.

Así funciona mi mente. Al menos después de treinta años lo he entendido, lo acepto y trabajo para cambiarlo. Para relajarme y “aventarme”. Sobretodo cuando son decisiones pequeñas (porque hasta en esas soy insoportable). Trabajo 2016: Ser más rápida decidiendo.

Que como diría Laura Ribas que el alcanzar tus objetivos no es una cuestión de tiempo sino de distancia.

No porque pasen dos meses, un año o una década, eso te va a acercar más a lo que quieres alcanzar. No porque recabe el 95% de la información que existe en Google, eso me va a acercar más a mis objetivos. No porque yo vea todos los tutoriales de cómo hacer un blog eso me va a traer la determinación de dejar de ver Game of Thrones y ponerme a escribir a medianoche.

Postergar las decisiones o las acciones, con tal de recabar más información, empaparse mas, esperar a no sé que pase, porque sólo entonces todo estará bien, solo me aleja de mis objetivos.

La causa de tu infelicidad, es que te estás mintiendo

No estás dando el 100% en todos los aspectos de tu vida.

No estás abrazando tus ambiciones.

No estás dando el cien ni en tus hobbies, ni en tu trabajo, ni en tus relaciones personales, ni en como mantienes a tu cuerpo.

Hoy al dormir, ¿estarías orgulloso de quién fuiste en el trabajo? ¿de lo que hiciste en el gym? ¿de cómo trataste a tu novio? ¿de lo que comiste? ¿de las conversaciones que tuviste?

Con pura honestidad, ¿te sientes orgulloso al haber dado el máximo en todas las actividades enlistadas arriba?

Muy probablemente no. No has dado el máximo. Siempre ha habido una razón.

Estoy muy cansada y adolorida, mejor hoy en el gym me la llevo leve y no hago tanto.

Ya llevo varios años con mi novio, ¿por qué esta noche tendría que ser legendaria?

No me gusta tanto mi empleo, ¿por qué me tendría que matar trabajando y ser la mejor?

Escribir no me llevará a ningún sitio, ¿por qué tendría que dedicarle tantas horas de práctica al día?

Y así. Continuamente. Sin descanso. Un día tras otro. Una razón tras otra. Siempre hay una explicación (o mas bien excusa)  para no dar el máximo. Para no vivir al máximo. Para no esforzarse en vivir en el momento y sentirse orgulloso de todo lo que se hizo hoy.

Te apasione tu profesión o no. Eso no quita que al final del día te quieras sentir orgulloso de quién eres, de lo que estás haciendo como empleado día con día y de tu valor en la organización.

¿Estás en vías de convertirte en esa persona que quieres? ¿Que siempre has soñado?

Si no estoy ni remotamente cerca, estoy haciendo cada día al menos que me aproxime a mi meta? ¿a lo que quiero ser?

Ser exitoso en la mediocridad

No sé si porque ya casi es Navidad ando de un humor muy grinch, pero con la edad (o con esta temporada) me he vuelto mucho mas crítica en los productos, resultados o propuestas de la gente.

Sé que a todos nos cuesta mucho trabajo salir a ofrecer un producto o servicio, crear algo desde cero, estar en una oficina de 9 a 6, etcétera. Se necesita mucho esfuerzo y lo sé.

Pero, aunque todo ese esfuerzo y dedicación y buenas intenciones estén a nuestro alrededor, también tengo la impresión de que hay muchas cosas allá afuera, con una calidad discutible y resultados más bien mediocres. Y sin embargo tienen un éxito espectacular.

He visto bloggers que escriben de manera muy regular a mi parecer, con historias simples, sin una propuesta maravillosa y que hasta les hicieron películas de sus textos. O Instagrammers que tienen una cuenta de miles y miles de seguidores, pero con fotos totalmente ordinarias y sin nada original, que les dedican hojas de revistas en entrevistas, los invitan a hacer conferencias, y cuando ves lo que ofrecen, no alcanzas a ver nada.

¿Me da envidia? Claro. Y de la mala. Coraje que gente que no aporta gran cosa sea la que se lleve los reflectores. ¿Que yo quisiera estar en el reflector? No precisamente. Pero sí me gustaría ver que las personas talentosas son reconocidas y no al contrario.

Todos conocemos casos así. De escritores. Bloggeros. Programas de televisión. Gobernantes. Hasta nuestro jefe o compañeros de trabajo.

Hay mucha gente a nuestro alrededor que es ascendida, promovida, gana premios, le pagan millones por dar conferencias, se hacen millonarios o hasta famosos… y siguen siendo mediocres y sin una propuesta de valor.

Quizás en muchos de ellos, hay algo que hacen diferente al resto: Se saben vender / Demuestran lo poco (o  mucho) que han hecho / Gritan a los cuatro vientos lo que han alcanzado o lo que hicieron bien. Y saben ser los mejores mercadólogos de sí mismos.

No tienen tantas dudas como el resto de nosotros, ni ese miedo paralizante a la hora de mostrar lo que han creado. No hay vacilación en ir adelante y hacer las cosas, sin buscar que sean grandiosas o inclusive de buena calidad. En decir y promulgar sus logros. Sin empacho al que dirán. Sin esa vocecita que otros tenemos de “no, no lo digas / a nadie le importa / nadie quiere escuchar eso / en realidad no es tan importante / creo que no quedó tan bien / hay otros mejores que tú”.

Y entonces si veo eso a mi alrededor, ¿por qué se supone que a mí me debería dar vergüenza salir al mundo a hacer lo que yo quiero si ya hay tanta gente que se exhibe y da pena ajena? ¡Pues da igual! Habría que salir y hacer. Quitarse el miedo y hacer (y decirlo). Que de cualquier forma no podría ser yo tan mala como algunos allá afuera…

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Cómo pasar un fin de semana consigo mismo sin matarse. O guía para crear un auto-retiro-espiritual-gratis desde cero

Se avecina un “puente” en la ciudad. Para los no-mexicanos, esto significa días de vacaciones ligados a un fin de semana. Por lo que tendré cuatro la próxima semana. Y en ocasión de esto, uno de los únicos centros medio-holísticos medio-zen de la ciudad, organizaría un retiro espiritual-artístico (que no religioso) de poco menos de dos días.

500 dólares la entrada.

No gracias (¡¡pero incluye comidas!!) No gracias. Muy caro.

Así que decepcionada seguí con mi vida pensando qué hacer ese fin. Con una pequeña espina dentro que me llamaba a pagarlo y otra diciéndome que estaba loca y que estaba muy caro para lo que era. En fin, el otro día leía en un libro que la autora se auto-organizaba sus mini-retiros, donde meditaba, hacía  yoga, salía a la montaña a caminar, leer, obvio sin WiFi. Y se me encendió un gran foco. Y es que en esta vida lo mejor viene gratis.

Mi primera especie de retiro fue cuando era adolescente. Aunque no lo volvería a repetir con la misma temática, siempre me pareció genial el tener un tiempo y espacio para conectar conmigo misma. No sólo por la experiencia en sí, sino por los resultados, por la energía desbordada en el después. Con el ímpetu y la sonrisa en la boca apenas acabar. Hice algunos, como ya dije, en mi adolescencia y universidad y llevo sin practicarlo ya más de 10 años.

Quiero (o necesito) un tiempo conmigo, no de estar apapachándome** (¿Sabes el significado de la palabra? Googlealo, es hermoso de verdad) no de hacerme mascarillas de aguacate mientras veo películas, sino más de introspección, relajación, meditación y conexión conmigo misma. No es que me sienta desconectada o enloqueciendo o súper estresada. Es sólo que recuerdo con tanto cariño el nivel de energía exquisita que se siente después de haber planeado una cita conmigo misma, además de luz e ideas que llegan durante, que ansío retomarlo y aventurarme de nuevo.

Muchas cosas han pasado por mi cabeza de cómo hacerlo, o qué es lo que de verdad quiero hacer. Y como siempre, he googleado a más no poder el formato (¿porque de eso se trata la vida adulta cierto? De googlear todo lo que no sabes cómo hacer, que de hecho es el 80% de la vida), y combinado con mis ideas esta es mi guía para prepararte tu propio auto-retiro en casa:

  1. Definir Objetivos.

Tuve alguna vez una jefa que insistía todo el tiempo en cuál era el objetivo de esto, aquello, la presentación, la junta, el evento, lo que fuera. Al inicio era odioso contestar toda la vida eso, pero en realidad, creo que me dejó muy claro que lo primero primero es saber reconocer cuáles son nuestros objetivos. En cualquier cosa. Y mi mini retiro no sería diferente. Para encontrarlo puedes plantearte algunas preguntas como:

  • ¿Por qué quiero tener un mini retiro?
  • ¿Qué quiero alcanzar?
  • ¿Qué quiero mejorar en mi mism@?
  • ¿Qué es lo que está faltando en mi vida?
  • ¿Dónde noto que regreso a viejos (y dañinos) hábitos o patrones de conducta que me gustaría transformar para siempre?
  • ¿Qué energía me gustaría llamar a mi vida?
  • ¿Qué promesas necesito hacerme a mi mism@ para vivir mi vida más plenamente?

Y todo lo fui escribiendo. Las respuestas a cada cosa. Así fue como decidí el “tema” de mi retiro, qué era lo que quería alcanzar y cómo debía terminar.

 2. Definir qué actividades querrías hacer

En este caso, no tan científico, pero simplemente hice una lista de cosas que me llenarían el alma de vida. Yo sé que tomar tequila con limón también me llena el alma, pero sabes a lo que refiero. Aunque todo el mundo relaciona la yoga con la relajación, la meditación, el ser mejor persona y etcétera, a mí no. Así que eso quedó descartado de mi lista. Y me puse a hacer una lista de actividades que de verdad me gustan. Como ir a la playa, tomar un baño de burbujas, bailar, escribir, cocinar, leer y hacer ejercicio.

    3. Hacer una agenda

Sé que suena a régimen militarizado, pero es que si no nos ponemos límites, podemos terminar viendo la boda del amigo del primo en Facebook por una hora (no es que me haya pasado nunca).

Un itinerario detallado ayuda a enfocarse a lo que uno quiere hacer. Y parece bobo, pero requiere algo pensar cuánto tiempo se quiere tomar en cada cosa, cuál sería la secuencia lógica y cómo ir llevando la energía del retirito hasta su culminación.

   4.  No tener contacto tecnológico.

Ni WiFi, de preferencia. En mi caso, lo hice en casa, porque me conozco y sé que fuera tendría muchas distracciones. Hay quienes se van una semana al bosque, o a una cabaña solitaria. En mi caso no tengo ni una ni otra opción, así que lo hice dentro de mi departamento. Pero sin celulares cerca, sin la computadora, sin hablar con nadie, sin distraerme.

       5.  ¿Te gustan los rituales? Crea uno

Los seres humanos somos adictos a los rituales. A comprarnos siempre ese chocolate antes de abordar un avión, comprarme un gran chocolate frappe para celebrar un nuevo trabajo (en mi caso), celebrar un cumpleaños con velas y pidiendo deseos. En fin, nos gustan. Así que podemos incorporarlo al retirito. Algo que marque el comienzo y el final por ejemplo. Un ritual que destaque claramente que estamos cerrando el retiro. No es nada mas saltar de la  meditación profunda a luego ver videos de gatitos en YouTube, hay que darle una fluidez al final y que sepamos cuando acaba exactamente.

Y tú, ¿has hecho alguno? Auto-creado o guiado por alguien más. ¿Cómo te ha ido? Cuéntame tu experiencia.

como hacer un auto retiro

El mito del mojito junto al mar. ¿Que le puedo aprender a los emprendedores?

Me encanta escuchar historias de gente que ha logrado combinar algo a la vez les apasiona y les da de comer. ¿Te fijaste cómo evité la palabra trabajo? Porque ya de momento suena como muy fuerte, como aburrido. Más bien esta gente privilegiada (y que envidio con locura) encontró algo con qué generar dinero haciendo algo que realmente les gusta.

Conclusión, amo escuchar y aprender de estas vidas. En cualquier formato: podcast, entrevistas, videos, sus propios blogs, todo lo que pueda. Lo tomo como inspiración, pero también para conocer cómo fue su proceso, qué los llevó ahí, qué hacían antes, cómo empezaron a cambiar de rumbo y las dificultades que se encontraron en el camino.

Y he notado varias cosas en común. No es que haya leído millones de entrevistas y analizado con rigor científico las respuestas. Esto es sólo mi percepción. Es el sabor de boca que me queda:

  • Hay mucho trabajo detrás (y cuando digo mucho, es demasiado, es de medianoche, fines de semana, exhaustivo, de ese tipo de mucho). Varios han llegado a momentos en que ya no pueden más, en que les resultó muy pesado emprender y pensaban tirar la toalla. Que han tenido que cambiar de dirección porque la cantidad de tareas por hacer ya era exorbitante. Algunos son ex-adictos al trabajo, ya reformados, otros lo siguen siendo y sueñan con algún día relajarse un poco y aligerar el paso.
  • Hay una creación y mejoramiento constante. De contenido, productos, servicios e ideas. Un producir, inventar, crear, combinar algo y de manera muy frecuente. No se quedan con la “gran idea que se me ocurrió en 1973” o con lo que funcionó en el mercado hace 15 años. No, son personas que están pensando constantemente en cómo evolucionar su negocio, su página, su blog, sus servicios, sus emails, su logo. Vaya, que el To Do List de cambios y factores por mejorar es inacabable.
  • Se han “lanzado” a la aventura. Se han atrevido. No se quedaron con el hubiera. No necesariamente son de valentía sin igual, pero en algún momento de la vida pensaron, como decimos en Mexico “ingue su”. Es decir. Pues vamos, a por todo. Y a ver qué pasa. Aunque no esté perfecto el producto. Aunque aún falten muchas cosas que mejorar. A pesar que les hayan dicho que estaban locos. No importa. Sacaron a la luz su producto o servicio, se enfrentaron con el mundo y resultó (Porque la que no enseña, no vende – ah no, ¿ese refrán es para otra ocasión, cierto?).
  • Tienen un alto sentido de la organización y planeación. Nada de ideas abstractas en la cabeza. No son los hippies desorganizados, que no saben ni donde tienen la cabeza, y que no tienen ni rutina ni horario. No. Todo lo contrario. En casi todos he notado que llevan su organización al extremo, con aplicaciones en el celular, sistemas, post-its, Evernote, libretas, colores, calendarios, lo que sea. Han encontrado sistemas o los han inventado, para llevar a cabo toda esa tarea descomunal de emprender o ser autónomos.

Y me llama la atención porque muchas veces tenemos (o más bien tengo) la idea de que estas personas que han logrado hacer algo que les apasiona y aman su trabajo, aquellas que están realizadas profesionalmente (sobre todo los que lo hacen desde una computadora) están tomandose un mojito en la playa mientras están pensando en la nueva estrategia de su mini-empresa o contestando comentarios en su blog. Y no. En realidad lo que pasa es que están trabajando 12 horas (o más) frente a la laptop y haciendo su trabajo en un cuarto sin ventanas y rodeados de 3 libretas con apuntes e ideas, infinidad de listas de tareas por hacer y añoran llegar a un punto en el que tengan esa libertad de tomarse el mojito junto al mar. Así como todos los demás mortales soñamos cuando somos empleados de 9-6.

el mito del mojito en la playa

Es curioso, pero me gusta el aprendizaje de todo esto. Me lleva a lo mismo que he sabido toda la vida. Que los resultados y el crecimiento (profesional o personal) sólo se consiguen cuando tienen detrás un número descomunal de horas invertidas. Que no hay como ese trabajo fácil y de ratitos. Ese dinero y éxitos bajados del cielo. Esos no existen, son de película (o de un tío millonario que tuvo la gracia de incluirte en su testamento).

Curiosamente no me desanima. Me inspira a trabajar más, crear con mas calidad, escribir, organizarme mejor y estar consciente que obtendré resultados algún día.

La Gratitud. O guía para reconocer las cosas que nos caen del cielo.

¿Alguna vez te has puesto a pensar en cómo has llegado hasta donde estás hoy? ¿Qué circunstancias, personas y sucesos tuvieron que pasar en tu vida para que todo se acomodara como está ahora? ¿Recuerdas cuando todo era oscuro, confuso y terrible? ¿Cuando no podías ver la luz al final del camino?

paseo en el bosque

Pues yo sí. E innumerables veces. Creo que ya llegué al punto de entender que la vida se maneja en ciclos. Arriba y abajo. Como cuando terminas con tu vigésimo primer novio. Pues para estas alturas ya sabes que te va a doler y que lo vas a extrañar y que vas a comer Nutella como una poseída, pero también te acuerdas perfectamente que todos esos sentimientos se van a pasar. Que la vida sigue. Que de esto no te mueres. Tu del suelo no pasas.

Y cuando estamos mucho tiempo arriba tenemos que aprovechar porque en cualquier momento podríamos ir cuesta abajo. Pero está bien, me da un sentimiento de humildad y de sencillez. De gratitud. De saber que tengo que disfrutar este momento o a esta persona porque no sé si el día de mañana las cosas sigan igual.

Leía sobre la gratitud el otro día, de todo lo beneficiosa que es. En el libro “Thrive” de Arianna Huffington, donde propone el ejercicio (no lo inventó ella, es algo ya popular) de escribir al final de cada día 10 cosas por las que te sientas agradecido. Que pueden ser cosas que te hayan pasado. O cosas que de hecho no pasaron.

Lo empecé haciendo la semana pasada y en realidad que es revelador. Al inicio pensé que era muy cursi. Imaginé que terminaría agradeciendo porque amaneció o porque hay luz o por los pajaritos cantando en mi ventana o por mi buena salud. Pero no. Más bien fue algo que me abrió los ojos,  para ver mi vida de manera mas positiva. Si me esfuerzo al final de cada día por pensar en todo lo que increíble que pasó, la verdad es que sí encuentro varias razones para sonreír. Y el día al final es feliz. Con un poco de reflexión y con la certeza de que he sido bendecida con cosas buenas en mi vida.

Ayer hacía por la noche (antes de dormir, o mas bien, durante) un ejercicio de meditación de Deeprak Chopra. Era una invitación a “estar abierto a la presencia de los milagros”. Que nada tenia que ver con su connotación religiosa. La palabra Milagro viene del latin Mirari, que significa “admirarse” o “contemplar con admiración, con asombro o con estupefacción”.

Ya pocas veces nos admiramos de los pequeños detalles de nuestra vida. De aquello que la hace especial en un día ordinario. Perdemos la capacidad de asombrarnos con lo cotidiano. Y por ello creo, me es complicado el ser agradecida por lo que pareciera insignificante y normal.

Hay un estudio ya conocido de la Universidad de California (Emmons, Davies & McCullough) en donde los investigadores demostraron que aquellas personas que son agradecidas son más felices que el resto. Pero no es nada más el saber y agradecer lo que pasa en tu vida. Es también estar consciente que no hiciste nada para merecer esto. Que solo pasó. Sin intentar dar explicaciones raras de si esto fue un premio o un castigo. Y si me porté bien o todo lo contrario. No no. No hay de eso. A tí te pasan cosas maravillosas y te las mereces. Solas llegan y solas se van.

A mi me encanta pensar y unir puntos, para entender las razones por las que algo esta pasando. Me gusta pensar en los hubiera pero de una manera positiva. En cómo otras circunstancias me hubieran llevado por caminos distintos.

Porque es muy fácil pensar que nosotros somos los que nos labramos el camino. En que somos 100% responsables de nuestro futuro y de nuestras circunstancias. Pero yo creo que no. Pienso que hay aún un toque de magia y muchos sucesos que no tienen nada que ver con nosotros, pero que desencadenan secuelas inimaginables.

Leía hace poco el blog de Nuria Urreta y contaba como en algún momento de su vida no tenia mucho que hacer en su oficina y a partir de esto creó un blog, empezó haciendo microrrelatos, y eso la cambió profundamente.

A mí me ha pasado algo parecido. En un momento (o más bien un mes) de aburrimiento, pensé en que quería hacer piñatas y venderlas. Pasado un año, y otra vez con aburrición, decidí crear este blog y retomar la escritura, lo cual me ha caído de maravilla. Hace 5 años me despidieron de una agencia de publicidad, pero eso me dio la libertad (y el empujón) de hacer algo que siempre había soñado: vivir en el extranjero. Y 6 meses después estaba tomando un avión con mis dos maletas.

O como mi descubrimiento de la semana pasada. Me estoy mudando a otro departamento. No es el mejor momento de mi vida porque AMO mi estudio y no puedo encontrar algo mejor en calidad/precio/tamaño (literal), pero en fin, me tengo que cambiar porque el dueño así lo decidió, así que estaba empacando mis sábanas y me encontré en un rincón escondido del clóset unos audífonos Beats cariiiisimos (de esos de Dr.Dre super fashion y que suenan increible), seguramente olvidados por el chico que vivió ahí antes, porque definitivamente no son míos. Ya los probé y aún después de años de estar en esa cajita, el sonido es impecable. Para una melómana como yo este descubrimiento me hizo muy feliz la verdad.

Vaya, me encanta que a veces cosas que mientras están pasando nos afectan negativamente, terminan en algo productivo, maravilloso y que nos da nuevos bríos, quizás no de inmediato, pero las consecuencias llegarán y se harán presentes. Conectar hilos en mi vida me encanta. Y es que mi historia no ha sido una escalera, más bien ha sido una telaraña con complicadas conexiones, movimientos horizontales y verticales, con puntos de intersección y momentos en suspenso.

Claro que está en nosotros el tomar las situaciones y volverlas positivas, pero bueno, es que si siempre estuviéramos bien, nunca nos veríamos empujados a cambiar. Siempre seguiríamos igual porque “se está muy comodo aquí”.

Me encanta que mucho de lo que nos pasa potenciara algo en el futuro. No en un sentido cósmico o religioso. Pero me fascina que muchas cosas en mi vida tendran alguna funcion en el futuro, que de todo puedo aprender y de todo puedo sacar cosas buenas. Aunque sea difícil verlo claramente en el momento.

AMO los tests – Porque miden lo que ya sé de mí.

Imagina una tarde lluviosa, un café en la mano, una laptop en la otra (y cuida de no tirar ambos) y que igual que siempre, estás pensando en tu futuro, en lo insatisfecha que te sientes en el trabajo, en que deberías estar haciendo otra cosa, en que en realidad no sabes para lo que eres buena y claro, porque no hay otra cosa que hacer, comienzas a hacer un test para encontrar qué es lo que te apasiona…

Pont Alexander

(OK, quizás no porque muchas no serán tan nerds como yo y más bien se irían a tomar un helado) pero enfin, ¿cuál es el resultado? Maravilloso. Porque después de haber invertido 30 minutos de tu precioso tiempo este test te entrega información que de hecho, ya sabías de antemano, nada más que ordenadita y resumida. Y terminas pensando, ah sí, coincido, está bien, ¿y luego?

Llevo casi 15 años haciendo este tipo de tests. Al principio porque (obvio) estaba confundida y trataba de decidir cuando era adolescente entre dos licenciaturas. Y después nada más por mera diversión. Porque en realidad, han sido como mi alternativa a los horóscopos. Los hago, sonrío, por un segundo pienso en ellos y los olvido inmediatamente. Nunca le hago (y probablemente nunca le haré) caso a los resultados. No siento que me hayan servido para encontrar mis aptitudes, o un descubrimiento sorprendente o mi verdadera vocación profesional.

Hace un año hice uno que aparecía recurrentemente: Sokanu. La página web es muy linda, el test es interactivo, se mueven casillas, esta muy atractivo visualmente. PERO al final bueno, la gran decepción, ya que no encontré nada nuevo.

He pensado mucho en el tema (obvio, ni no no habría hecho un blog de esto) y ha cambiado mi visión bastante acerca de estos tests. ¿Creo que sirven? No. ¿Creo que dan un poco de luz en el camino? No mucha. ¿Por qué los hice? No sé, creo que porque nadie me dijo que había otra forma de hacer las cosas y que en realidad no iba a encontrar nada nuevo en ellos.

En la oficina nos hicieron el test de MBTI, para que según nos diéramos cuenta de nuestra personalidad y nos ayudara de alguna forma a trabajar mejor con nuestros compañeros. Creo que surtió un cero efecto laboral y más bien fue el chisme de quién era qué. Pocos lo tomaron en serio (aquí hay un link donde se puede hacer el test en español).

A mi me salió que era Extrovertida, Intuitiva, Racional y Pensante. O sea mezcla de robot con un poquito de corazón. En realidad todos se sorprendieron porque pensaban que yo era de lo más emocional, corazón de pollo y dulce. Lo cual soy. Pero no muchas veces muestro mi lado frío, calculador y de controladora enferma, jaja.

Lo curioso fue que la chica que se sienta a mi lado, quien es impresionantemente callada, retraída, hostil y tímida, resultó en el test como súper extrovertida. Cada vez que lo decía en voz alta enfrente de los compañeros con los que trata todos los días, había un silencio abismal y miradas de ¿en serio? Creo que todo el mundo la catalogó de loca. O extrovertida wanna-be. Una de dos.

Fue entonces que pensé que en realidad estos tests nunca me servirían. Porque en realidad no proyectan lo que somos de verdad. Proyectan lo que nos gustaría ser. Lo que pensamos que somos. Lo que nos gustaría que otros vieran en nosotros. ¿Es realidad? Puede ser. Pero definitivamente no me servirá para conocerme mejor y encontrar mi vocación.

Ya sabes que soy fan de Alfonso Alcántara y bueno, coincido al 1000% con él en su decir que uno tiene que encontrar lo que vino a hacer al mundo… haciéndolo. No habrá manera que sentado en un sofá, con un té en la mano y viendo la ventana pueda entenderme perfectamente y saber lo que me gusta y lo que no. Lo que me apasiona y en lo que puedo pasar hasta la 1 de la mañana trabajando. Y lo que me aburriría después de 30 minutos.

Es un error intentar ‘descubrirse’ mediante la introspección, es un error aceptar la presunción de que la vida puede decidirse ‘pensando’ en lugar de haciendo. Decidir en abstracto en lugar de pisar  el terreno y planificar la carrera solo mediante la reflexión y el análisis implica menos esfuerzo y menos recursos, es más fácil, y por eso mucho menos efectivo.

Yo oriento.com

Yo era de las que amaba analizar, investigar, checar, pero de una manera muy abstracta. Pensando, pensando, pensando. Pero no ha sido sino hasta ahora que en vez de especular si algo me gustaría o no, lo hago y ya. Lo pruebo.

Por ponerte un ejemplo: El ejercicio. Yo no nací en una familia deportista. Casi nunca en mi infancia salimos a practicar algo juntos. A leer, hablar de cosas, beber una copa de vino, ir a museos, escuchar opera, que eso sí, de siempre, soy afortunada de haber nacido en un hogar muy nerd. Pero esto de “vámonos al futbol niños”. Pues no. No era una cosa común en mi casa. Y así obvio que la niña no salió deportista. Pero el cuerpo de una no es el de Jennifer López y todos los años en mi tan obsoleta lista de propósitos estaba en algún lugar el hacer ejercicio. Y a veces hacía. Y a veces no. Y con mucho desgano.

Pero en Mayo pasado me cambié de oficina y en el mismo edificio hay un gimnasio. De esos enormes con clases de todo y tarjetas electrónicas para entrar. Y en mi primer día allí compré la membresía. ¿Y sabes qué pasó? Que me gustó. Y ya no puedo vivir sin él (¡que cursi sonó eso!). Y si yo me hubiera quedado en mi cama pensando ¿el ejercicio es una de mis pasiones? Nunca jamás hubiera contestado yo que sí. Pero jamás. Es curioso que ahora, en 2015, se haya convertido en una. Como lo ha sido el cocinar. O manejar. Cosas que no me gustaban nada en el pasado (porque en realidad nunca había probado) y ahora adoro con el alma. Y es que si no pruebas y si no haces. No descubres. Que no encuentras tus pasiones en un test. Porque eso mide lo que sé de mi misma (o creo que sé) en un momento especifico. Es muy desviado. Un verdadero test vocacional es la vida misma. El probar, el fracasar, el probar de nuevo. Y es que casi que nos puede llegar a gustar cualquier cosa, nada más que aún no la hemos probado…

Ver mi mundo con otra visión (o correr a comprarse lentes nuevos)

El fin de semana pasado fui a un restaurante muy original. Ahí no puedes ver nada, absolutamente NADA. Inclusive los meseros se ponen lentes especiales para ver en la oscuridad. Así de oscura estaba la cosa. ¿Y que pasó? Pues fue raro. MUY raro. Me encontré con sensaciones y decisiones que en circunstancias normales de luz, no tengo ni pienso.

¿Como sé si ya me acabé el plato? ¿Como sé que mi cuchara en realidad sí tiene algo encima? ¿Dónde está mi copa? ¿Estaré echándome la comida en el vestido? ¿Cierro los ojos o los dejo abiertos? Estoy sonriéndole al mesero… espera, creo que no me ve, es más, ¿tiene sentido sonreírle al mesero? ¿Me dejo el cabello suelto o me hago coleta? al fin que nadie me ve… y ¿mi bolsa? ¿dónde la pongo para que no se me olvide llevármela? ¿Y tendrá decoración este restaurante o habrán dejado las paredes horribles? Espera… ¿esto es chile o pimienta?

Bueno, era una cuestión extrasensorial increíble. Y entonces empecé a sentir cosas como nunca antes. La libertad de sentarme como me diera la gana en un hotel de cinco estrellas. El sentir el peso en mi cuchara cuando había logrado finalmente tomar un trozo de comida. Los pequeños grumos de pan en mi mano. El pedazo de comida que cayó en mi vestido. Estas cosas nunca las había tenido en cuenta. Y pude verme a mí, al mesero, a la experiencia y a mi pareja, con ojos distintos. Ojos que no tenía en ese momento.

Corima Blog

Foto de mi autoria. Tomada en el auto, mientras trataba yo de enfocar los coches de adelante. Y que paso? que se disparo por error la camara (en ese entonces aun usabamos solo camaras) y salio una foto bizarra, divertida, colorida, que ni en un millon de anios hubiera podido hacer intencionalmente. 

Y entonces recordé el libro de “Más Platón y menos Prozac” que leí cuando era adolescente (y decía que me iba a dedicar a la filosofía, en fin…). Es un gran libro que recomiendo, que toma desde la perspectiva de la filosofía los problemas cotidianos y expone cómo afrontarlos. Propone el método PEACE para abordar nuestras inquietudes y uno de sus pasos es el tratar de alejarse (que obvio es un tratar porque es muy difícil) y ver con otros ojos nuestras dificultades. Como si las estuviera viendo otra persona. Y es curioso ponerse a pensar como si yo fuera alguien más, tendría otra perspectiva, pero como estamos metidos en nuestro vasito de agua, pues nos ahogamos solos, sin ver que muy cerca ya, queda el borde. El autor Lou Marinoff propone ponernos otros lentes, los de los filósofos, para ver desde sus perspectivas aquello que nos aqueja y encontrarle una solución (o ya al menos ¡Parar de sufrir!)

Quizás sea lo mismo con esto de la “vocación”. Que lo veo solamente desde mi pequeño metro cuadrado. Nos clavamos con una idea y no salimos de ahí. Pero que si lo viéramos desde arriba, podríamos visualizar que existen otros caminos y que hay algo más detrás de estas paredes de las que estamos rodeados. La pared de “Tengo que ejercer la carrera que estudié”, la pared de “Tengo que trabajar en algo que genere mucho dinero”, o la pared de “Nadie me quiere contratar y no sé dónde más buscar”. Paredes infinitas en las que vivimos (o que nos construimos solitos). Y no podemos (o no me puedo) imaginar otra realidad que no sea esta. Sin imaginarnos ir más allá.

Hay un coach profesional que me encanta, porque es directo, honesto y aterrizado, (que seguramente citaré mil veces en este blog porque he tratado de ver cuanta entrevista encuentro de él en YouTube), Alfonso Alcántara de yoriento.com y una de las cosas que dice es que si vamos a reinventarnos profesionalmente, que le pidamos consejo (o ayuda) no a nuestros amigos ni familiares, sino a alguien ajeno a nosotros. ¿Por qué? Porque ellos nos han visto toda nuestra vida haciendo lo mismo. No nos imaginan tampoco haciendo algo diferente. Y seguramente a la hora de ir por el consejo de ¿qué hago? no vayan a salir con una recomendación distinta.  No es que estén mal. Simplemente es que no nos pueden ver con otros ojos. Nos conocen (o creen que nos conocen) solo en una faceta de nuestras vidas. Y no nos imaginan diferentes. Y ese es el punto, que estamos buscando dirección para emprender algo distinto.

Tengo una compañera en el trabajo que usa lentes, algo gruesos la verdad. En una ocasión se acercó a mi computadora y se sorprendió que yo pudiera leer letras tan pequeñas. A mí me sorprendió más bien que ella no pudiera. Pero ella concluyó contándome que de pequeña veía todo borroso.  Y así duró varios años. Pensaba que la vida era así. Borrosa. No sabía que las cosas y las personas tenían siluetas definidas. Hasta que alguien se dio cuenta que no veía bien y la llevó al oculista. Ese día cambió su vida y empezó a ver muchas cosas de las que antes nunca se había percatado. Ella me lo contó muy normal. Porque bueno, esa había sido su vida por mucho tiempo. A mí más bien me horrorizó que una persona pudiera pasar tantos años sin disfrutar del sentido de la vista y que el ver borroso fuera lo normal.

Pero quizás horrorizada estuviera ella, si yo le contara que mi vida profesional es generalmente así, borrosa. Y que me he llegado a acostumbrar a no ver siluetas claras y definidas. Que los colores no son tan brillantes como debieran ser. Aún estoy en proceso de usar otros lentes. Pero ya estoy en el camino…

“Guía rápida para sentirse mal consigo mismo sin necesidad” – Breve historia de un vestido, una Barbie y su ogro

Es que mi amiga se veía como una Barbie. Era una muñeca de carne y hueso. Creo que he visto pocas novias tan bonitas y perfectas en el día de su boda civil. Bueno sí, las de las revistas. No es solo porque la adoro. Es que ella escogió un vestido que era una combinación hermosa entre romance, bordado y pedrería de buen gusto. Estaba llena de detalles elegantes, un maquillaje genial y fotos tomadas en medio del bosque para darle a todo aquello un aire etéreo, de cuento de hadas.

vestido de novia perfecto

Aun recuerdo cuando me mando la foto de este lazo, 6 meses antes de la boda, porque queria que “todo coordinara con ese color”… sin comentarios

¿Y adivina qué? Que al novio no le gustó el vestido… ni el peinado… y le pidió a mi amiga que cambiara todo para el día de la boda religiosa (o sea, a la semana siguiente).

¿Pero qué sabe el novio de moda? ¿O de vestidos de novia? ¿Y de lo mucho que ella tardó en escoger (y comprar) ese vestido, incluso antes que se comprometieran? ¿De la ilusión que le provocó? ¿De las noches que se soñó casándose con él? Bailando. Recibiendo invitados. Tomándose fotos que estarían en la mesa del comedor por los próximos 50 años. El novio ni idea de eso. A él simplemente no le gustó. Aunque era precioso y no podía ser más perfecto. Al tipo no le gustó. Y mi amiga le hizo caso y fue corriendo a comprar otro. Con toda prisa, una semana antes de la fiesta, con gastos extras, estrés, consiguiendo un vestido que ella no soñó, que no le gusta tanto, con el que no está tan cómoda… con ese se va a casar. Con ESE. ¿Para darle gusto al novio?

Y es que la gente se quiere meter en lo más recóndito de tus decisiones. Aún en las más íntimas. Aún en las que has estado pensando por meses. Aún en esas que te ilusiona llevar a cabo. Y aún cuando hayas tomado la decisión más perfecta, con resultados que no pueden ser mejores, los Barbie de los resultados, aun así habrá a quien no le parezca bien, que no le guste y que pida que cambies. Por mucho que te ame. Por mucho que respete quien eres. Esa misma persona se equivoca (a veces o muchas) en aconsejar o pedir que te dediques o cambies algo. Y la respuesta es simple. Yo creo que NO (como en flashback al Manual de la Perfecta Cabrona)

Y es que cuántas veces he escuchado yo consejos que me han dado, 99% de las veces sin haberlos pedido, en que me recomendaban cosas que no tenían nada que ver conmigo.

Si llego en algún momento de mi camino, a tener una idea, negocio, trabajo, visión, blog, tienda o lo que sea, con el que me vea (y sienta) radiante, feliz y llena de impulso para seguir adelante, recuérdenme no dejar que nadie me diga que no le gusta, o que me vería yo mejor con otro vestido…

¿Qué hago por el puro placer?

hacer algo por placer

Sera que podamos encontrar algo ademas del arte que se haga de manera desinteresada? Pura? Solo por placer?

Mi novio me preguntó cuando empezamos a salir juntos: ¿qué te gusta hacer? Y sin pensarlo mucho recité de memoria mi lista de hobbies de toda la vida: bailar, leer, escuchar música, escribir, salir con amigos… Una cosa ultra cliché, ya sé, pero aún y con mi aburrida respuesta de ese día, seguimos juntos (por algo será, jaja).

Entonces me dijo:

̶  ¿y qué escribes? ¿Y en dónde escribes?

Y vino el   ̶  pues no, hace mucho que no escribo. Pero me gusta hacerlo –

̶  ¿Y por qué ya no escribes?

̶  No sé, falta de tiempo, mucho trabajo, lo de siempre.

̶  Mmm… pero dices que te gusta, ¿pues escribe no?

Ahhh pero que odioso interrogatorio. Y es que ya no podía encontrar más excusas para contestarle. La realidad era que había escrito en periodos muy esporádicos de mi vida, que lo disfrutaba profundamente cuando lo llegaba a hacer, pero que en mi lista de prioridades en un día normal, quizás prepararme un café o leer las noticias de Facebook quedaban por encima de la escritura.

Un día leí una frase (porque como a muchos, a mí me encantan las frases y casi las quiero enmarcar todas, y que se hagan mis lemas, y vivirlas intensamente y a los dos minutos paso a ver el video de gatitos que subió mi amigo de la primaria… así somos). En fin, la frase decía: haz algo que ames al menos una vez al día.

Y pensé, claro, pero si es tan fácil. ¿Una vez? ¿Unos minutos nada más? Vaya, que consejo tan simple para enriquecer mi vida con cosas que amo hacer. Y al día siguiente toca trabajar, levantarme temprano, hacer ejercicio porque hay que quemar las calorías del pastel de la oficina de ayer, lavar el montón de ropa, quitarle esa mancha al sofá que tengo pendiente desde hace un mes, ver unos cuantos videos (de gatitos quizas), revisar un rato Instagram y ups! Es medianoche, ya me tengo que dormir…

Y paso un día después de otro sin haber hecho cosas que amo. No que más o menos me llenan el tiempo o que no están tan mal. NO. Algo que AME. Como la escritura.

Es que cuando uno ha sido como yo, especialista en entusiasmarse por algo y luego dejarlo, pues no se consigue nada. Descubrí en 2012 una página de internet interesantísima. Cowbird (Vaca-pájaro para aquellos que se les dificulta el inglés). Empezó siendo una plataforma sencilla, hermosa y romántica, fruto del artista (o no sé que título ponerle en una sola palabra) Jonathan Harris. Quien quiso reunir en un solo lugar, historias reales o ficticias, cortas, y que llevaran acompañada alguna fotografía para ilustrar. Suena como a daaaahhh pero que bobera. Pero no. Métete y verás. Me encanta. El website ha sufrido muchos cambios y ahora no me parece tan lindo como era antes, pero la función es la misma. Hacer un collage de historias humanas, llenas de sentimientos y experiencias.

Y como a mi “me encanta escribir” hice mi perfil y subí sólo cuatro historias. Tuve mi micro éxito con 16 “likes” (sí, tiene el mismo modo de inflar el ego que Facebook, pero con ♥) y ya. No lo volví a tocar jamás. ¿Por qué? Pues por lo de siempre. Porque “no tengo” tiempo. Porque tengo “mucho” trabajo. Porque hay “otras” prioridades. Porque quiero llegar a mi casa a “descansar” y ya. Y porque sí.

Pero claro, cada vez que le doy vueltas a encontrar mi “vocación”, mi “algo en lo que me gustaría trabajar feliz toooooda la vida”, inmediatamente lo primero que salta es la escritura. ¿Curioso no? O necia. O más bien increíblemente contradictoria. Es que me gustan muchas cosas. En abstracto. ¿Pero me apasionan? Mmm… no sé, nada más no me digas que tengo que sacrificar mis videos de gatitos para hacerlas porque entonces ya no me gustan tanto.

Recuerdo como una maestra en la Universidad comentaba que ella hacía con sus amigos investigaciones por hobby. Que si le interesaba algún tema simplemente se ponía a hacer encuestas, baterías de preguntas, gráficas, resultados, hipótesis, todo. Y nosotros la veíamos como una perdedora. ¿Qué le pasa? Pero si la investigación tiene que ser pagada o que trabajes en una agencia o que te hayan contratado para hacerla. ¿Cómo te vas a poner a hacer investigaciones así en las noches nada más porque te gusta? Que horror.

De horror éramos nosotros, que de 15 de la generación en la escuela, ninguno se dedica actualmente a la investigación. Quizás porque ninguno de nosotros éramos como ella. Apasionados por lo que estábamos aprendiendo. Sólo decíamos que nos gustaba pero en realidad ninguno quería pasar una noche entera revisando los resultados de una encuesta por el puro placer.

Otro personaje al que le sigo la pista es a Matthew Gray Gubler. Ese famoso actor de Criminal Minds en donde interpreta al raro geniecito rubio de lentes (yommyyyyyy). ¿Y sabes a qué dedica su tiempo libre? A dibujar. A crear personajes como de caricaturas, construyendo una comunidad de gente como él que imagina un mundo de fantasía – “Gluberland” (hace tiempo hasta nombraba ciudadanos y repartía tarjetas de identidad a los miembros). Y piensas ¡ay sí claro! porque es artista. O sea es actor, es obvio que ha de ser bien creativo, que necesita desfogarse el muchacho y por supuesto que va a terminar haciendo este tipo de cosas en su tiempo libre. Obvio que no se dedica solamente a grabar los episodios de la serie y ya.

¿Pero todos tenemos esa capacidad no? No me refiero a la artistica. Pero a la de hacer algo que gocemos en nuestro tiempo libre. No necesariamente los típicos hobbies de correr, leer, bailar, salir de fiesta. Hablo de algo que vaya más allá del pasatiempo – ves? de pasar-eltiempo. No. Algo en lo que estemos creciendo y CREANDO. Por el puro placer. Sin que haya algo más detrás. No con el objetivo de convertirnos en el Premio Nobel. Ni en el súper millonario. Ni en el ultra famoso. No. Crear y hacer sólo porque queremos pasar esos cinco minutos al día disfrutando algo que amamos. Y que además, con ello estemos construyendo algo.

¿Por qué armó Jonathan Harris su página Cowbird (y todos los demás trabajos tan interesantes que tiene)? Por placer.

¿Por qué mi maestra hacía encuestas a medianoche? Por placer.

¿Por qué el actor de Criminal Minds dedica tanto tiempo a hacer una nación que ni existe y a subir sus dibujos a una página web? Por placer.

Quizás ellos tienen más de una razón para hacer lo que hacen, pero ¿sé a que podría dedicarle tanto tiempo como ellos a algo, sólo por puro placer?