Mi mundo piñatero (o las 7 cosas que aprendí al emprender en chiquito)

En mi casa siempre hemos sido muy manuales. Mi papá era de los que podía dibujar un círculo perfecto sin ningún instrumento y con ambas manos. Desde pequeña estuve rodeada de gente que podía hacer cosas maravillosas. Tíos que eran pintores de profesión. Un papá que esculpía y creaba muebles. Una mamá que hacía hermosas figuras en aluminio y para rematar, un hermano que era un mago con la plastilina desde que nació.

Así que no fue raro que a mí me terminaran gustando las manualidades. Siempre me ha gustado conectarme con lo que toco. Quizás sea porque mi sentido del olfato (y oído un poco) es ciertamente malo. Amo palpar la comida y generar cosas desde cero. Quizás al mundo lo percibo desde mis manos.

Un día hace año y medio estaba yo muy aburrida en el trabajo, así que me puse a divagar en internet, y no sé como llegué a la idea de hacer y vender piñatas. Me dije: a) me gusta hacerlas (lo he hecho por años para la navidad de mis sobrinos) b) me quedan bonitas y c) en el pueblo en el que vivo es difícil conseguir unas hechas de buena calidad y diseño original.

Y muy emocionada empecé a imaginar mi emporio. Y todo lo que había que hacer. El nombre. Un logo. Colores. Diseños. Tarjetas de presentación. Correo electrónico. Página de Facebook… hasta una de Pinterest hice.

Leí cuantos blogs de mini empresas handmade encontré, sobretodo españoles, de donde aprendí mucho.

Además investigué todos los bazares en los que podía comercializar mis productos. Cómo decidir los precios. Qué estrategia de marketing hacer. Pasos a seguir. Estaba emocionada por TODO. Creo que ha sido mi fase favorita en este proceso. La planeación y la investigación.

Me puse un deadline. 7 de mayo y renté una mesa en un bazar cerca de mi casa. Ahora me enfrentaría a la reacción de la gente que no me conoce para saber si este negocio en realidad tenia potencial o no. Y como además no quería poner fotos en mi pagina de Facebook robadas de alguien mas, decidí fabricar (sin ninguna razón de fondo) 7 piñatas, para que se viera decentemente llena la mesa (un poco cabalístico el 7-7 quizás).

pinata emprender

Una muestra de mi mesa y algunos de mis “hijos” de papel. 

Y llegó la parte más difícil y odiosa… hacer las benditas piñatas. Aquello implicó dos meses de ocupar todo mi tiempo libre llena de periódico, comprando papel, pegando, inflando globos, peleándome con cartulina y demás. Terminé exhausta, pero el bazar estuvo bien. Vendí 3 piñatas, con lo que pude pagar la mesa y me dio los ánimos de seguir adelante.

Esos dos meses de ajetreo total, me dejaron una lección muy buena. Que no quería dedicarme a hacer piñatas. Y que quería que se quedara en un hobby esporádico. De una al mes. Dos máximo.

Y fue doloroso y un poco curioso a la vez, que al mismo tiempo que descubrí que sí podía venderlas y que a la gente le gustaban, también me daba cuenta que no podía convertir mi vida en estar 12 horas sentada en una mesa con pegamento en la mano, espalda encorvada, cuello torcido y vista cansada. Y que al menos desde mi perspectiva (sé que otros pensarán muy distinto) esto del trabajo artesanal es muy exigente desde el punto de vista físico y llegas a un límite, en donde ya no puedes hacer más, por lo tanto no puedes ganar más dinero. Y mi mundo aspiracional-entrepreneur-handmade se vino abajo.

Y la vida sigue, y ahora a año y medio de empezar, me encantan los diseños que he hecho, tengo mis clientas establecidas, no he dedicado un solo día a promocionar esto porque me llegan los pedidos a mi email sin esfuerzo y sigo corroborando que amo trabajar con las manos. Pero lo que más me complace, son los aprendizajes que he tenido en el camino:

  • Aprender a tener errores pero no quedarme revolcando en ellos. Como mis tarjetas de presentación. Quizás tardé 2 días diseñando el logo, los colores y el contenido. Luego gasté para imprimir 1000 piezas (el número espanta pero es serigrafía, ya sabes, es igual de caro por menos volumen, jaja) ¿Y sabes cuántas he repartido en 18 meses? UNA. Se la di a mi mamá. Durante meses odiaba ver la bolsa llena de cajas con tarjetas, sabiendo que fue un gasto innecesario y flagelándome en el por qué lo hice y yo tan tonta y así. Después en un momento de iluminación pensé en que sí, me equivoqué. Ni modo. Y que ni me agobiara porque al rato me volvería a equivocar otra vez en algo diferente. Se aprende y se sigue adelante. No hay razón para que se me revuelva el hígado cada vez que vea yo las mentadas tarjetas en la esquina de mi cuarto…
  • Aprender a tener el número perfecto de clientes, que combinan lo que quiero con lo que puedo hacer. Me han ofrecido ciertos acuerdos para vender más (pero por menos $$) y feliz he rechazado porque no estoy interesada en dedicar 100% de mi tiempo libre en hacer piñatas. Porque mi tiempo es valioso y no lo quiero devaluar ni estoy dispuesta a dar descuentos.
  • Aprender a tener un gran respeto y admiración por todos los artesanos, porque sé que no hay manera en que ellos puedan vender sus productos por el precio que se merecen, equivalente al tiempo que le han dedicado a cada pieza (que lo he calculado yo y no, no hay manera que nadie esté dispuesto a pagar tanto)
  • Aprendí que a veces los sueños parecen perfectos, alcanzables y cómodos en mi cabeza. Pero a la hora de realmente llevarlos a cabo, de pegar durante 16 horas hojas de papel de colores, las cosas ya no se ven con la misma perspectiva. Llegó el cansancio, el dolor físico, el cancelar compromisos con amigos, el sacrificar una vida fuera de mi departamento y surgió la pregunta, ¿de verdad me gustaría hacer esto todos los días si llegara a crecer este negocio? Y mi respuesta fue un rotundo no (que tampoco porque me niegue a hacer pinatas significa que no emprendere en algo mas el dia de manana)
  • Aprender a ver con otros ojos el “Servicio al Cliente”. Descubrí que no es que no me gustara lidiar con clientes en mis anteriores empleos, es más bien que no me importaba mucho. Con las piñatas, aunque no es exagerado el contacto que tengo, me interesa demasiado saber qué quieren, a quien va dirigido, qué esperan y entregarles algo a la altura de su expectativa.
  • Aprender a disfrutar el poder de decisión en algo que he creado desde cero. Es un mini control, vaya, que vendo una al mes a lo mucho, no vayas a pensar que es un Imperio Piñatero (que entre mis amigos me gusta llamarlo así, de broma).
  • Aprender a reconocer algo que se hacer bien y hasta querer presumirlo. Me encanta tener presencia en redes sociales para mostrar mis obras terminadas. Tengo como buen ego de mamá, esa sonrisa en la cara si alguien me dice que están lindas.

Pero sobre todo, lo que más me enseña esta experiencia, es el saber que no me quedé con la “espinita del hubiera”. Que lo imaginé. Lo planeé y lo llevé a cabo. Que lo hice y que lo inicié desde cero. Que di los pasos necesarios para que existiera y que no me quedé en el intento.

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