La Gratitud. O guía para reconocer las cosas que nos caen del cielo.

¿Alguna vez te has puesto a pensar en cómo has llegado hasta donde estás hoy? ¿Qué circunstancias, personas y sucesos tuvieron que pasar en tu vida para que todo se acomodara como está ahora? ¿Recuerdas cuando todo era oscuro, confuso y terrible? ¿Cuando no podías ver la luz al final del camino?

paseo en el bosque

Pues yo sí. E innumerables veces. Creo que ya llegué al punto de entender que la vida se maneja en ciclos. Arriba y abajo. Como cuando terminas con tu vigésimo primer novio. Pues para estas alturas ya sabes que te va a doler y que lo vas a extrañar y que vas a comer Nutella como una poseída, pero también te acuerdas perfectamente que todos esos sentimientos se van a pasar. Que la vida sigue. Que de esto no te mueres. Tu del suelo no pasas.

Y cuando estamos mucho tiempo arriba tenemos que aprovechar porque en cualquier momento podríamos ir cuesta abajo. Pero está bien, me da un sentimiento de humildad y de sencillez. De gratitud. De saber que tengo que disfrutar este momento o a esta persona porque no sé si el día de mañana las cosas sigan igual.

Leía sobre la gratitud el otro día, de todo lo beneficiosa que es. En el libro “Thrive” de Arianna Huffington, donde propone el ejercicio (no lo inventó ella, es algo ya popular) de escribir al final de cada día 10 cosas por las que te sientas agradecido. Que pueden ser cosas que te hayan pasado. O cosas que de hecho no pasaron.

Lo empecé haciendo la semana pasada y en realidad que es revelador. Al inicio pensé que era muy cursi. Imaginé que terminaría agradeciendo porque amaneció o porque hay luz o por los pajaritos cantando en mi ventana o por mi buena salud. Pero no. Más bien fue algo que me abrió los ojos,  para ver mi vida de manera mas positiva. Si me esfuerzo al final de cada día por pensar en todo lo que increíble que pasó, la verdad es que sí encuentro varias razones para sonreír. Y el día al final es feliz. Con un poco de reflexión y con la certeza de que he sido bendecida con cosas buenas en mi vida.

Ayer hacía por la noche (antes de dormir, o mas bien, durante) un ejercicio de meditación de Deeprak Chopra. Era una invitación a “estar abierto a la presencia de los milagros”. Que nada tenia que ver con su connotación religiosa. La palabra Milagro viene del latin Mirari, que significa “admirarse” o “contemplar con admiración, con asombro o con estupefacción”.

Ya pocas veces nos admiramos de los pequeños detalles de nuestra vida. De aquello que la hace especial en un día ordinario. Perdemos la capacidad de asombrarnos con lo cotidiano. Y por ello creo, me es complicado el ser agradecida por lo que pareciera insignificante y normal.

Hay un estudio ya conocido de la Universidad de California (Emmons, Davies & McCullough) en donde los investigadores demostraron que aquellas personas que son agradecidas son más felices que el resto. Pero no es nada más el saber y agradecer lo que pasa en tu vida. Es también estar consciente que no hiciste nada para merecer esto. Que solo pasó. Sin intentar dar explicaciones raras de si esto fue un premio o un castigo. Y si me porté bien o todo lo contrario. No no. No hay de eso. A tí te pasan cosas maravillosas y te las mereces. Solas llegan y solas se van.

A mi me encanta pensar y unir puntos, para entender las razones por las que algo esta pasando. Me gusta pensar en los hubiera pero de una manera positiva. En cómo otras circunstancias me hubieran llevado por caminos distintos.

Porque es muy fácil pensar que nosotros somos los que nos labramos el camino. En que somos 100% responsables de nuestro futuro y de nuestras circunstancias. Pero yo creo que no. Pienso que hay aún un toque de magia y muchos sucesos que no tienen nada que ver con nosotros, pero que desencadenan secuelas inimaginables.

Leía hace poco el blog de Nuria Urreta y contaba como en algún momento de su vida no tenia mucho que hacer en su oficina y a partir de esto creó un blog, empezó haciendo microrrelatos, y eso la cambió profundamente.

A mí me ha pasado algo parecido. En un momento (o más bien un mes) de aburrimiento, pensé en que quería hacer piñatas y venderlas. Pasado un año, y otra vez con aburrición, decidí crear este blog y retomar la escritura, lo cual me ha caído de maravilla. Hace 5 años me despidieron de una agencia de publicidad, pero eso me dio la libertad (y el empujón) de hacer algo que siempre había soñado: vivir en el extranjero. Y 6 meses después estaba tomando un avión con mis dos maletas.

O como mi descubrimiento de la semana pasada. Me estoy mudando a otro departamento. No es el mejor momento de mi vida porque AMO mi estudio y no puedo encontrar algo mejor en calidad/precio/tamaño (literal), pero en fin, me tengo que cambiar porque el dueño así lo decidió, así que estaba empacando mis sábanas y me encontré en un rincón escondido del clóset unos audífonos Beats cariiiisimos (de esos de Dr.Dre super fashion y que suenan increible), seguramente olvidados por el chico que vivió ahí antes, porque definitivamente no son míos. Ya los probé y aún después de años de estar en esa cajita, el sonido es impecable. Para una melómana como yo este descubrimiento me hizo muy feliz la verdad.

Vaya, me encanta que a veces cosas que mientras están pasando nos afectan negativamente, terminan en algo productivo, maravilloso y que nos da nuevos bríos, quizás no de inmediato, pero las consecuencias llegarán y se harán presentes. Conectar hilos en mi vida me encanta. Y es que mi historia no ha sido una escalera, más bien ha sido una telaraña con complicadas conexiones, movimientos horizontales y verticales, con puntos de intersección y momentos en suspenso.

Claro que está en nosotros el tomar las situaciones y volverlas positivas, pero bueno, es que si siempre estuviéramos bien, nunca nos veríamos empujados a cambiar. Siempre seguiríamos igual porque “se está muy comodo aquí”.

Me encanta que mucho de lo que nos pasa potenciara algo en el futuro. No en un sentido cósmico o religioso. Pero me fascina que muchas cosas en mi vida tendran alguna funcion en el futuro, que de todo puedo aprender y de todo puedo sacar cosas buenas. Aunque sea difícil verlo claramente en el momento.

AMO los tests – Porque miden lo que ya sé de mí.

Imagina una tarde lluviosa, un café en la mano, una laptop en la otra (y cuida de no tirar ambos) y que igual que siempre, estás pensando en tu futuro, en lo insatisfecha que te sientes en el trabajo, en que deberías estar haciendo otra cosa, en que en realidad no sabes para lo que eres buena y claro, porque no hay otra cosa que hacer, comienzas a hacer un test para encontrar qué es lo que te apasiona…

Pont Alexander

(OK, quizás no porque muchas no serán tan nerds como yo y más bien se irían a tomar un helado) pero enfin, ¿cuál es el resultado? Maravilloso. Porque después de haber invertido 30 minutos de tu precioso tiempo este test te entrega información que de hecho, ya sabías de antemano, nada más que ordenadita y resumida. Y terminas pensando, ah sí, coincido, está bien, ¿y luego?

Llevo casi 15 años haciendo este tipo de tests. Al principio porque (obvio) estaba confundida y trataba de decidir cuando era adolescente entre dos licenciaturas. Y después nada más por mera diversión. Porque en realidad, han sido como mi alternativa a los horóscopos. Los hago, sonrío, por un segundo pienso en ellos y los olvido inmediatamente. Nunca le hago (y probablemente nunca le haré) caso a los resultados. No siento que me hayan servido para encontrar mis aptitudes, o un descubrimiento sorprendente o mi verdadera vocación profesional.

Hace un año hice uno que aparecía recurrentemente: Sokanu. La página web es muy linda, el test es interactivo, se mueven casillas, esta muy atractivo visualmente. PERO al final bueno, la gran decepción, ya que no encontré nada nuevo.

He pensado mucho en el tema (obvio, ni no no habría hecho un blog de esto) y ha cambiado mi visión bastante acerca de estos tests. ¿Creo que sirven? No. ¿Creo que dan un poco de luz en el camino? No mucha. ¿Por qué los hice? No sé, creo que porque nadie me dijo que había otra forma de hacer las cosas y que en realidad no iba a encontrar nada nuevo en ellos.

En la oficina nos hicieron el test de MBTI, para que según nos diéramos cuenta de nuestra personalidad y nos ayudara de alguna forma a trabajar mejor con nuestros compañeros. Creo que surtió un cero efecto laboral y más bien fue el chisme de quién era qué. Pocos lo tomaron en serio (aquí hay un link donde se puede hacer el test en español).

A mi me salió que era Extrovertida, Intuitiva, Racional y Pensante. O sea mezcla de robot con un poquito de corazón. En realidad todos se sorprendieron porque pensaban que yo era de lo más emocional, corazón de pollo y dulce. Lo cual soy. Pero no muchas veces muestro mi lado frío, calculador y de controladora enferma, jaja.

Lo curioso fue que la chica que se sienta a mi lado, quien es impresionantemente callada, retraída, hostil y tímida, resultó en el test como súper extrovertida. Cada vez que lo decía en voz alta enfrente de los compañeros con los que trata todos los días, había un silencio abismal y miradas de ¿en serio? Creo que todo el mundo la catalogó de loca. O extrovertida wanna-be. Una de dos.

Fue entonces que pensé que en realidad estos tests nunca me servirían. Porque en realidad no proyectan lo que somos de verdad. Proyectan lo que nos gustaría ser. Lo que pensamos que somos. Lo que nos gustaría que otros vieran en nosotros. ¿Es realidad? Puede ser. Pero definitivamente no me servirá para conocerme mejor y encontrar mi vocación.

Ya sabes que soy fan de Alfonso Alcántara y bueno, coincido al 1000% con él en su decir que uno tiene que encontrar lo que vino a hacer al mundo… haciéndolo. No habrá manera que sentado en un sofá, con un té en la mano y viendo la ventana pueda entenderme perfectamente y saber lo que me gusta y lo que no. Lo que me apasiona y en lo que puedo pasar hasta la 1 de la mañana trabajando. Y lo que me aburriría después de 30 minutos.

Es un error intentar ‘descubrirse’ mediante la introspección, es un error aceptar la presunción de que la vida puede decidirse ‘pensando’ en lugar de haciendo. Decidir en abstracto en lugar de pisar  el terreno y planificar la carrera solo mediante la reflexión y el análisis implica menos esfuerzo y menos recursos, es más fácil, y por eso mucho menos efectivo.

Yo oriento.com

Yo era de las que amaba analizar, investigar, checar, pero de una manera muy abstracta. Pensando, pensando, pensando. Pero no ha sido sino hasta ahora que en vez de especular si algo me gustaría o no, lo hago y ya. Lo pruebo.

Por ponerte un ejemplo: El ejercicio. Yo no nací en una familia deportista. Casi nunca en mi infancia salimos a practicar algo juntos. A leer, hablar de cosas, beber una copa de vino, ir a museos, escuchar opera, que eso sí, de siempre, soy afortunada de haber nacido en un hogar muy nerd. Pero esto de “vámonos al futbol niños”. Pues no. No era una cosa común en mi casa. Y así obvio que la niña no salió deportista. Pero el cuerpo de una no es el de Jennifer López y todos los años en mi tan obsoleta lista de propósitos estaba en algún lugar el hacer ejercicio. Y a veces hacía. Y a veces no. Y con mucho desgano.

Pero en Mayo pasado me cambié de oficina y en el mismo edificio hay un gimnasio. De esos enormes con clases de todo y tarjetas electrónicas para entrar. Y en mi primer día allí compré la membresía. ¿Y sabes qué pasó? Que me gustó. Y ya no puedo vivir sin él (¡que cursi sonó eso!). Y si yo me hubiera quedado en mi cama pensando ¿el ejercicio es una de mis pasiones? Nunca jamás hubiera contestado yo que sí. Pero jamás. Es curioso que ahora, en 2015, se haya convertido en una. Como lo ha sido el cocinar. O manejar. Cosas que no me gustaban nada en el pasado (porque en realidad nunca había probado) y ahora adoro con el alma. Y es que si no pruebas y si no haces. No descubres. Que no encuentras tus pasiones en un test. Porque eso mide lo que sé de mi misma (o creo que sé) en un momento especifico. Es muy desviado. Un verdadero test vocacional es la vida misma. El probar, el fracasar, el probar de nuevo. Y es que casi que nos puede llegar a gustar cualquier cosa, nada más que aún no la hemos probado…

Ver mi mundo con otra visión (o correr a comprarse lentes nuevos)

El fin de semana pasado fui a un restaurante muy original. Ahí no puedes ver nada, absolutamente NADA. Inclusive los meseros se ponen lentes especiales para ver en la oscuridad. Así de oscura estaba la cosa. ¿Y que pasó? Pues fue raro. MUY raro. Me encontré con sensaciones y decisiones que en circunstancias normales de luz, no tengo ni pienso.

¿Como sé si ya me acabé el plato? ¿Como sé que mi cuchara en realidad sí tiene algo encima? ¿Dónde está mi copa? ¿Estaré echándome la comida en el vestido? ¿Cierro los ojos o los dejo abiertos? Estoy sonriéndole al mesero… espera, creo que no me ve, es más, ¿tiene sentido sonreírle al mesero? ¿Me dejo el cabello suelto o me hago coleta? al fin que nadie me ve… y ¿mi bolsa? ¿dónde la pongo para que no se me olvide llevármela? ¿Y tendrá decoración este restaurante o habrán dejado las paredes horribles? Espera… ¿esto es chile o pimienta?

Bueno, era una cuestión extrasensorial increíble. Y entonces empecé a sentir cosas como nunca antes. La libertad de sentarme como me diera la gana en un hotel de cinco estrellas. El sentir el peso en mi cuchara cuando había logrado finalmente tomar un trozo de comida. Los pequeños grumos de pan en mi mano. El pedazo de comida que cayó en mi vestido. Estas cosas nunca las había tenido en cuenta. Y pude verme a mí, al mesero, a la experiencia y a mi pareja, con ojos distintos. Ojos que no tenía en ese momento.

Corima Blog

Foto de mi autoria. Tomada en el auto, mientras trataba yo de enfocar los coches de adelante. Y que paso? que se disparo por error la camara (en ese entonces aun usabamos solo camaras) y salio una foto bizarra, divertida, colorida, que ni en un millon de anios hubiera podido hacer intencionalmente. 

Y entonces recordé el libro de “Más Platón y menos Prozac” que leí cuando era adolescente (y decía que me iba a dedicar a la filosofía, en fin…). Es un gran libro que recomiendo, que toma desde la perspectiva de la filosofía los problemas cotidianos y expone cómo afrontarlos. Propone el método PEACE para abordar nuestras inquietudes y uno de sus pasos es el tratar de alejarse (que obvio es un tratar porque es muy difícil) y ver con otros ojos nuestras dificultades. Como si las estuviera viendo otra persona. Y es curioso ponerse a pensar como si yo fuera alguien más, tendría otra perspectiva, pero como estamos metidos en nuestro vasito de agua, pues nos ahogamos solos, sin ver que muy cerca ya, queda el borde. El autor Lou Marinoff propone ponernos otros lentes, los de los filósofos, para ver desde sus perspectivas aquello que nos aqueja y encontrarle una solución (o ya al menos ¡Parar de sufrir!)

Quizás sea lo mismo con esto de la “vocación”. Que lo veo solamente desde mi pequeño metro cuadrado. Nos clavamos con una idea y no salimos de ahí. Pero que si lo viéramos desde arriba, podríamos visualizar que existen otros caminos y que hay algo más detrás de estas paredes de las que estamos rodeados. La pared de “Tengo que ejercer la carrera que estudié”, la pared de “Tengo que trabajar en algo que genere mucho dinero”, o la pared de “Nadie me quiere contratar y no sé dónde más buscar”. Paredes infinitas en las que vivimos (o que nos construimos solitos). Y no podemos (o no me puedo) imaginar otra realidad que no sea esta. Sin imaginarnos ir más allá.

Hay un coach profesional que me encanta, porque es directo, honesto y aterrizado, (que seguramente citaré mil veces en este blog porque he tratado de ver cuanta entrevista encuentro de él en YouTube), Alfonso Alcántara de yoriento.com y una de las cosas que dice es que si vamos a reinventarnos profesionalmente, que le pidamos consejo (o ayuda) no a nuestros amigos ni familiares, sino a alguien ajeno a nosotros. ¿Por qué? Porque ellos nos han visto toda nuestra vida haciendo lo mismo. No nos imaginan tampoco haciendo algo diferente. Y seguramente a la hora de ir por el consejo de ¿qué hago? no vayan a salir con una recomendación distinta.  No es que estén mal. Simplemente es que no nos pueden ver con otros ojos. Nos conocen (o creen que nos conocen) solo en una faceta de nuestras vidas. Y no nos imaginan diferentes. Y ese es el punto, que estamos buscando dirección para emprender algo distinto.

Tengo una compañera en el trabajo que usa lentes, algo gruesos la verdad. En una ocasión se acercó a mi computadora y se sorprendió que yo pudiera leer letras tan pequeñas. A mí me sorprendió más bien que ella no pudiera. Pero ella concluyó contándome que de pequeña veía todo borroso.  Y así duró varios años. Pensaba que la vida era así. Borrosa. No sabía que las cosas y las personas tenían siluetas definidas. Hasta que alguien se dio cuenta que no veía bien y la llevó al oculista. Ese día cambió su vida y empezó a ver muchas cosas de las que antes nunca se había percatado. Ella me lo contó muy normal. Porque bueno, esa había sido su vida por mucho tiempo. A mí más bien me horrorizó que una persona pudiera pasar tantos años sin disfrutar del sentido de la vista y que el ver borroso fuera lo normal.

Pero quizás horrorizada estuviera ella, si yo le contara que mi vida profesional es generalmente así, borrosa. Y que me he llegado a acostumbrar a no ver siluetas claras y definidas. Que los colores no son tan brillantes como debieran ser. Aún estoy en proceso de usar otros lentes. Pero ya estoy en el camino…