Síndrome del “Mejor Decido Mañana” (porque mañana siempre será mejor)

Habían en esta historia dos hombres:

Uno después de dos años de novio con alguien, decide casarse porque la ama, la conoce, se han integrado muy bien, ella tiene todo lo que él busca, se le ve un gran futuro a la decisión y total. Se casa. Pasados unos meses, la ahora esposa se termina enrolando con alguien de la oficina, el marido la descubre, no puede perdonar la traición y se divorcia al poco rato.

Segundo hombre. Quien durante unas cortas vacaciones en la playa, conoce a una chica, se enamoran rápidamente, empiezan un emocionante y divertido noviazgo de verano y al cabo de un mes, se casan. Pasan los años y se convierten en una pareja llena de amor y vida y festejan su 50 aniversario de bodas rodeados de sus hijos y nietos.

¿Quién de los dos tomó la mejor decisión?

El meollo del asunto, es que las decisiones no se valoran por las consecuencias. Eso son. Consecuencias de nuestras elecciones. Pero para tomar una decisión, lo que vaya a pasar después, sea positivo o negativo, no es lo más relevante.

La conclusión de la historia es que aún cuando al pobre hombre lo engañaron, él fue el que tomó la mejor decisión, ya que todo indicaba que estaba en el camino correcto, tomó su tiempo, checó que todo fuera como lo quería. Que al final no resultó lo que se esperaba, pues pobre, pero finalmente su decisión había sido correcta. No fue mala sólo porque tuvo una esposa infiel. Eso fue decisión de ella. Pero lo que él había estado bien.

(Aclaro que esta historia, y todo un análisis de toma de decisiones en ambientes financieros, era parte de un curso de universidad en una reconocida escuela mexicana. Yo no inventé la historia ni la moraleja de ella)

En cambio el chico de la segunda historia, aún cuando le fue increíble en la vida y demás, en realidad no había tomado una buena decisión, porque casarse después de un mes de conocerse y estando en el pleno enamoramiento en la playa no es precisamente lo mejor que puede hacer uno en la vida.

Hay que tomar decisiones. Y lo que venga ya no depende tanto de nosotros. Hay otras circunstancias que influyen, pero como me diría una prima a los 18 años cuando yo trataba de elegir una licenciatura: “Decide. Lo que sea. Pero decide. Que no hay nada peor que quedarse paralizado sin elegir nada”.

He de confesar que soy muy mala para las elecciones rápidas e impulsivas. Siempre quiero tomar una segunda opinión, preguntarle a alguien qué piensa, revisar tooooodas mis opciones, que no se me escape nada. No vaya a ser que hoy me compre este vestido y que mañana me encuentre uno mejor en la tienda de junto (o peor aún) más barato.

Así funciona mi mente. Al menos después de treinta años lo he entendido, lo acepto y trabajo para cambiarlo. Para relajarme y “aventarme”. Sobretodo cuando son decisiones pequeñas (porque hasta en esas soy insoportable). Trabajo 2016: Ser más rápida decidiendo.

Que como diría Laura Ribas que el alcanzar tus objetivos no es una cuestión de tiempo sino de distancia.

No porque pasen dos meses, un año o una década, eso te va a acercar más a lo que quieres alcanzar. No porque recabe el 95% de la información que existe en Google, eso me va a acercar más a mis objetivos. No porque yo vea todos los tutoriales de cómo hacer un blog eso me va a traer la determinación de dejar de ver Game of Thrones y ponerme a escribir a medianoche.

Postergar las decisiones o las acciones, con tal de recabar más información, empaparse mas, esperar a no sé que pase, porque sólo entonces todo estará bien, solo me aleja de mis objetivos.

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